lunes, 25 de julio de 2016

ROMA


Roma es... Roma. No hay otra forma de definirla. Calurosa, repleta, colorida, sucia, gloriosa, decadente, inmensa, antigua, futura, infinita. ¿Encontré lo que fui a buscar? Sí, y no. Buscaba arte, y Roma me ha ofrecido algunas de las obras más genuinas de la Humanidad. Quería historia, y tomé el pulso a las vidas pasadas de los hombres en el fondo de todas las calles. Anhelaba respuestas, pero solo he encontrado más preguntas.




No, de Roma no se sale. Roma la llevas dentro, la llevas siempre, irá contigo allá donde vayas. Todos los caminos no conducen a ella: irradia todas las rutas hacia lo que está por descubrir.




jueves, 30 de junio de 2016

QUÉ MÁS PUEDO DECIR

Qué más puedo decir,
si todo ya lo he dicho.
Qué más puedo decir,
si lo poco que he vivido
habrá de definir mi futuro
por amor u odio.
Si vivir es algo independiente
a la perfección del verbo.
Qué más puedo decir,
si tal vez no he dicho nada
y lo que de verdad importa
escapa a las palabras.





martes, 28 de junio de 2016

MI TRAJE DESNUDO

Cada mañana me pongo mi traje de persona. Es un traje conveniente, de buena apariencia, tejido con la mejor fibra de humor y conformismo. Pero no es muy cómodo. A veces me queda estrecho, y lo que soy verdaderamente amenaza con reventar las costuras y reducirlo a tiras sobre mi piel. Otras resulta demasiado grande, cuelgan sus restos sobrantes por todos lados y al caminar me tropiezo con su lastre inútil, e intento levantarme sin que nadie se dé cuenta. No tiene las costuras bien cosidas; por ellas se cuela el viento frío de la indiferencia ajena y me estremezco de dolor. También aprieta y me hace daño, y mis movimientos nunca son naturales; siempre destilan un exceso de cuidado o de brusquedad. Decididamente es un traje incómodo. No está hecho para mí, pero debo llevarlo. 
Aunque a veces se cae, y no me doy cuenta hasta que la ráfaga helada del mundo descubre mi desnudez.




miércoles, 22 de junio de 2016

LA CUMBRE DE LA MONTAÑA

Alcanzo la cumbre de la montaña.
Veo la niebla.
Y los pinos.
Y la ciudad, y a los hombres.
Y el mar, y más allá el horizonte.
Y sé.
Soy el cielo.
La montaña.
La bruma.
Los pinos.
Una ola en el mar.
Un hombre.
Algo aquí y allá.
Y soy nada.
No he llegado a ninguna parte.
No sé nada, no soy nada.
He coronado la montaña.
Y soy sin ser.





martes, 21 de junio de 2016

SOUVENIR

He preparado dos tablillas para mi regreso de Roma. Ya tienen esbozada la primera mancha y el fondo. 
Pinto al óleo. En cada viaje, en lugar de traerme recuerdos, elijo los lugares que han representado un momento especial y busco en mi cámara las fotos que he sacado. No siempre son buenas. Es más, a menudo son pésimas, con una calidad visual y artística que deja mucho que desear. 
Pero no son las fotos lo que me interesa, sino que me transporten con la mayor exactitud posible al sitio donde fueron tomadas.
En mi último viaje a Irlanda, nos detuvimos en un lugar llamado Kylemore Abbey. Es una típica mansión británica neogótica rodeada de jardines y arboledas, con una laguna frente al caserón. Es de esos sitios donde la perfección estética es tan aplastante que uno se siente como un insecto reptando por la superficie de una magnífica pintura.
Después de tomar las pertinentes fotos desde los miradores, y liberados ya del deber de atestiguar mediante las mismas nuestro paso por el lugar, recorrimos los rincones de la finca. Todos los lugares ofrecían interés visual y parecían diseñados para formar parte de un cuadro. Era difícil elegir entre todos los motivos uno en concreto, una perspectiva en particular donde se condensara la personalidad y la atmósfera de Kylemore.




Hasta que llegó la decisiva. La vista del lago desde el lado contrario a donde se suelen tomar las fotos de la abadía; una vista poco corriente, donde se divisa la espalda erosionada por la lluvia de siglos de una montaña, el bosquecillo de acceso a la finca, parte de los jardines y el lago, tan limpio que abre otro cielo bajo nuestros pies. 
En mi boca se deshizo el hojaldre crujiente y la pera dulce y blanda de la tarta que comimos aquella tarde, elaborada por las monjas de la abadía. Percibí el frío del agua en la mano que introduje en el lago para comprobar la temperatura, aun sabiendo que sería un témpano de hielo. Noté en el bolsillo la hoja de roble y la bellota que me guardé, y me di cuenta de que había olvidado dónde habían ido a parar. El viento húmedo me sopló de nuevo en la cara y trajo el aliento a tierra empapada del bosque. Fue el mismo viento que arrastró las nubes cargadas de la lluvia que nos obligó a marcharnos y que me trasladó al momento cristalizado en aquella tarde. Un instante fuera del tiempo y del espacio que encajé en la vista del lago momentos antes de la lluvia.




Ese es mi souvenir de viaje. Me pregunto cuáles serán los recuerdos, aún inexistentes, que habrán de llenar las tablillas que he terminado de preparar. Su masa informe de color expresa ahora la incertidumbre de un futuro que aún no existe. 



martes, 14 de junio de 2016

BOCETOS DEL VIAJE

Siempre sucede, antes de un viaje, que imaginas el destino. Te ves a ti mismo teniendo delante los lugares que aparecen en las fotos, y en tu mente se forja la sensación que crees que te suscitará. Lees guías, revisas recomendaciones por Internet, chapurreas el idioma, escuchas a otros viajeros que ya han estado allí. Si todo eso no basta, ves documentales y películas, devoras libros, estudias la historia, interrogas a los naturales y preparas platos típicos al ritmo de las músicas tradicionales de la región. Te vanaglorias en secreto de tu pretendido disfraz de autóctono. Sabes más del lugar que los propios nativos y crees aprehender así su esencia.

Y llegas a tu destino, y éste rompe con paciente dedicación todos tus pérfidos esquemas. Hay infinidad de detalles que ni te habías imaginado que existían. La gélida humedad de las islas británicas te estremece como el aliento de un bosque. El sol mediterráneo lanza bombas de luz que explotan en metralla de colores en tus retinas. Hinchas las aletas de la nariz para aspirar la tibieza de la tierra sombreada bajo las higueras mallorquinas en verano, y comprendes el significado de "hogar" cuando el vaho caliente de la turba irlandesa te enrojece las mejillas empapadas de lluvia. El olor acre de la mantequilla frita en las calles de Dublín te recuerda que estás en latitudes donde el aceite de oliva es oro comestible.

Dulce campo siembra en la lengua el anís del hinojo balear, concentrado en un vaso bien frío de licor de hierbas. Hay plantas e insectos extraños, a quienes suscitamos a veces idéntica curiosidad y se empeñan en pasearse por la orografía de nuestro cuerpo. Unas ruinas solitarias, tal vez las columnas de un templo romano o las carcomidas murallas de una fortaleza medieval, dicen sin hablar que nuestras medidas del tiempo son una quimera y que el futuro solo existe para lo que nunca ha estado vivo.

Viajar consiste en descubrir lo que jamás habías imaginado.

viernes, 10 de junio de 2016

ANIMALILLO FELIZ

He conocido a muchas personas últimamente.
Siempre estamos rodeados de gente. Hay épocas en que decidimos mirar a esa gente a los ojos y descubrimos que, en contra de nuestros pensamientos, todos nos dicen algo. Pero son pocas las ocasiones en que tenemos algo que responder. 
En otras épocas miramos al suelo y esquivamos piedras y mierda, y a cielos constelados de contaminación y noches vacías de estrellas. También caminamos sobre la hojarasca de los árboles y por la arena de playas infinitas, y nos sentimos descalzos al entrar en un hogar amigo.
Siempre estamos solos. Pero a veces la soledad es una ausencia honda, y otras está tan satisfecha de existir como el juego de un animalillo feliz.